Prólogo

EL BALDAQUINO
(sábado, 5 de marzo de 2016, 5:00)

Un saludo rutinario, un «Buenos días» hipócrita.

¿Quién en su sano juicio puede tener un buen día a las cinco de la mañana? Y además sábado. Y casi bajo cero.

Maldita resaca y maldito frío.

—…nos días —arrastra con desgana Euladio mostrando su identificación. A decir verdad, habría sido lo mismo enseñar una tarjeta caducada del metro. El vigilante está tan dormido como lo está él.

Avanza por el laberinto de pasillos que se encuentra bajo la nave central hasta llegar al cuarto de la limpieza.

En tres minutos estará preparado para comenzar la jornada: uno para coger la mopa y dos para escoger la música que escuchará en sus enormes auriculares rojos.

«Hoy daré una oportunidad a Manu Chao. Necesito un poco de adrenalina fusión.»

En media hora repasa pasillos, vacía papeleras y quita el polvo de la mesa del arquitecto director. Sonríe burlón al pasar por delante del taller de modelistas:

«No seré yo quien lo limpie. El reino del yeso, de la pasta y del polvo. Incluso las cucarachas huyen despavoridas, temiendo acabar sus días enterradas hasta el fin de los tiempos… o hasta que en diez años acaben de construir esta maldita iglesia.»

Sube las escaleras y atraviesa el portal de la Pasión.

La inmensidad del templo en exclusiva para él.

Una tenue luz le permite imaginar todo lo que lo rodea. Dirige su mirada hacia las extrañas columnas, a los capiteles estrambóticos e intuye en la oscuridad las bóvedas de colores; pero, ante todo, y mucho más importante, piensa en los cinco mil metros cuadrados de suelo que le quedan por barrer.

La música que se escapa de sus auriculares rompe el encanto del momento:

«me gustan los aviones, me gustas tú; me gusta viajar, me gustas tú; me gusta la mañana, me gustas tú…», tararea mentalmente con ritmo reggae-folk.

Cuarenta minutos necesita para llegar a las escaleras del altar. Diez escalones de mármol rojizo que limpia uno tras otro, cuidadosamente, con esmero; sabe que su jefe se fijará en ellos para valorar su trabajo.

A derecha e izquierda, dos bancadas para los sacerdotes; en el centro, una enorme piedra de pórfido rojo de Irán que hace de altar y, sobre su cabeza, a cinco metros de altura, un baldaquino sujeto mediante siete cables a las columnas de Pedro y Pablo.

La penumbra no impide a Euladio intuir la silueta de la cruz y la forma antropomórfica de Cristo crucificado.

«El príncipe de la mopa», se mofa de sí mismo, mientras sigue escuchando su selección musical:

«Sibérie dans le train, Sibérie le matin, Sibérie je m’ennui, Sibérie dans ma vie, Sibérie tous les jours, Sibérie dans la cour…»

Rodea el altar y mira hacia atrás, satisfecho. Pese a la poca luz, se adivina nítidamente el mármol pulido, limpio, brillante.

Un paso más, otro y otro… hasta que un reflejo sorprende al hombre: la marca que deja el cepillo tras de sí.

Continúa avanzando: otro paso, quizá dos, y el inesperado destello se convierte en suciedad y la suciedad, en mancha bermellón y la mancha bermellón, en… ¿sangre?

Sangre densa, espesa, pastosa, viscosa.

Un rastro sanguinolento que se transforma en charco abundante un metro más allá, junto al altar.

La música ha cesado o quizá sigue sonando, pero él ya no la oye.

Es entonces cuando una gota rojiza rebota en la piedra del altar y advierte que su superficie se encuentra totalmente encharcada.

Lentamente, con miedo, el «profesional del mocho» alza la vista, temeroso de lo que pueda encontrar sobre su cabeza. Abre los ojos y un grito intenta salir de su boca, pero queda ahogado en la laringe.

La cruz del baldaquino y el martirio de Cristo en vivo.

Un hombre desnudo, amordazado, desangrado, con cortes por todo el cuerpo, con una herida profunda en un costado y clavado en la cruz sustituye a la escultura que debería estar en su lugar.

«Desconocía los efectos secundarios de escuchar a Manu Chao», piensa poco antes de vomitar, al darse cuenta de que no, no es culpa de la música. Se trata de una pesadilla.